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S.S. PATRIARCA ATHENAGORAS

(AQHNAGWRAS)

Traducido por : Lic.Juan José Jaramillo S.

Editado:  Arcipreste Juan Bautista (Vásquez L.)

Cuanto no hemos hablado de ecumenismo y tratamos de realizar acercamientos pero olvidamos quizá cual fue la razón de esa búsqueda y quienes fueron los pioneros, deberíamos avergonzarnos que aun hoy no hayamos sido capaces de avanzar en este proceso siendo lo suficiente mente valientes para reconsiderar hasta donde nuestro egoísmo y falta de caridad es la que no permitido consolidar este anhelo el cual nace del mismo Señor Dios de amor y caridad , pero esta Unidad construida en la verdad y no en la ceguedad de una aparente aceptación protocolaria.

El Archidiácono ATENÁGORAS Spírou monje de un monasterio del Monte Atos, en donde durante los años 1918- 1919 se consagró al estudio y la meditación. Los altos jerarcas de la Iglesia de Grecia, sin embargo, ya se habían percatado de las dotes extraordinarios de Atenágoras y no dejaron que se absorbiera en la oscuridad de su retiro. A fines del año 1919 fue nombrado Canciller del Santo Sínodo de la Iglesia de Grecia y Archidiácono del Arzobispado de Atenas. Por sus grandes méritos en estos cargos, en 1922 fue ordenado sacerdote y consagrado Arzobispo de Corfú y Paxos, Diócesis en que fundo escuelas, hospitales, asilos y bibliotecas.

En 1923, cuando Corfú estaba siendo bombardeada por la escuadra italiana, ATENÁGORAS adopto una heroica resolución: cada vez que la flota enemiga se aproximaba a la costa para bombardear la población civil, el Arzobispo, rodeado del clero y seguido del pueblo en oración fervorosa, salía de la Catedral y efectuaba una larga procesión por los muelles, hasta que la marina italiana cristiana al fin, cesaba avergonzada el bombardeo.

Para poner fin definitivo a tan inhumanos ataques a la población civil, durante uno de los bombardeos el Arzobispo Atenágoras decidió adoptar una actitud todavía más heroica y, abandono la procesión una mañana, subió a una embarcación ligera y se dirigió en línea recta.

Bajo una lluvia de obuses, hasta el crucero insignia de la escuadra italiana, al que abordo ante los atónitos ojos de los oficiales y marinos. Una vez sobre cubierta, se dirigió a la torre de mando y exigió al almirante italiano que cesara inmediatamente el ataque. El militar, ante hecho tan insólito, telegrafió urgentemente a su almirantazgo, del que en respuesta recibió la orden de cesar de inmediato el bombardeo y devolver al Arzobispo a la costa de su diócesis en una lancha del buque insignia, escoltado por oficiales italianos. Desde aquella memorable jornada, Corfú no volvió a ser atacada.

En aquella ciudad fue amigo íntimo de su colega Mons. Leonardo Príntesi, Obispo de la reducida comunidad católico romana de la comarca, compuesta por los descendientes de los antiguos venecianos conquistadores del lugar. Frecuentemente se les veía reunidos y, cuando los niños corrían a besar la mano de ATENÁGORAS, él los exhortaba a besar primero la diestra de Mons. Príntesi.

También mantenía relaciones muy amistosas con la pequeña comunidad protestante de Corfú, y con la colonia hebrea. Cuando esta ultima carecía de rabino, los israelitas recurrían al Arzobispo ATENÁGORAS como árbitro en sus problemas y juez paternal de sus causas. Una vez desapareció un niño griego y se difundió el rumor de que lo habían raptado los judíos. Estos, atemorizados, cerraron sus comercios y se encerraron en sus casas.

Atenágoras se dirigió inmediatamente al barrio judío y les garantizó que su seguridad se hallaba bajo su responsabilidad personal; y durante los tres días en que se prolongó la búsqueda del niño desaparecido, el Arzobispo ATENÁGORAS residió en el barrio judío, en previsión de cualquier ataque del que pudieran ser objeto, a causa del calumnioso rumor, los "familiares del Señor", como él los llamaba. Al fin el niño fue hallado en casa de una tía lejana, con quien se había refugiado huyendo de un castigo paterno.

 

 

La fama de los grandes logros eclesiásticos y humanitarios del Arzobispo ATENÁGORAS empezó a rebasar los ámbitos de la Iglesia de Grecia. En 1926, la irradiación de su carismática personalidad, el tacto de su diplomacia y el fervor de su religiosidad causaron honda impresión en Helsinky, Finlandia, en el seno de la Convención Mundial de las Federaciones Juveniles Cristianas ( Y. M. C.A.) y en 1930 el Santo Sínodo del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla lo eligió Arzobispo de todos los Ortodoxos Griegos de Norte y Sur América. Llego a este continente en Febrero de 1931.

En este nuevo cargo eclesiástico Atenágoras tuvo amplia ocasión de desplegar todas sus extraordinarias cualidades. Como Arzobispo del inmenso Continente Americano visito todas las comunidades Ortodoxas Griegas y colonias de emigrantes, las unificó y organizó, y puso en practica extensos y eficacísimos programas de enseñanza catequística, de organización filantrópica y de cultura helénica, igualmente visito México y otras comunidades fuera de Estados Unidos.

Fundo en todos los países del Nuevo Mundo las Sociedades Benéficas Femeninas y las Juventudes Cristianas Ortodoxas entre los hijos y nietos de los emigrantes griegos. Fundo el Seminario Teológico de la Santa Cruz (hoy en Boston) para la formación del Clero Ortodoxo en América y la Academia de San Basilio en Nueva York para la preparación de maestras y catequistas. Consagro mas de doscientos cincuenta nuevos templos.

Durante los diecisiete años que fungió como arzobispo de las Américas, desarrollo asimismo un vasto programa de acercamiento y fraternizacion con las demás Iglesias Cristianas y mereció altas distinciones del Gobierno de los Estados Unidos por su labor en pro de la colaboración de todas las Iglesias en campañas de moralidad y educación publicas.

Visito dos veces México en tensos momentos históricos de antieclesiasticismo interno, obteniendo máximas facilidades oficiales dadas las circunstancias, y el privilegio de no tener que trocar su vestidura eclesiástica por el traje civil.

 

Mientras la Iglesia Ortodoxa progresaba tan rápidamente en América bajo el pastorado de Su Emiencia. Atenágoras, también se consolidaba en Grecia y empezaba asimismo en Rusia a reponerse de las persecuciones. Al propio tiempo se reorganizaba eficazmente en el medio Oriente, en Egipto y en los países balcánicos, así como en Europa y Asia. Pero en el Patriarcado de Constantinopla, Sede y Cabeza de la Ortodoxia mundial, la Iglesia atravesaba por criticas circunstancias: los turcos musulmanes, interesados en hacer desaparecer de su país todo vestigio eclesiástico que les recuerda al Imperio Cristiano Bizantino de Constantinopla, cuyo espíritu sigue presidiendo la sacrosanta Sede del Cristianismo Oriental. A causa de ello la resistencia física del santa jerarca se quebrantó y este, con su sistema nervioso en total colapso, vióse obligado a abdicar. En tan difíciles momentos, el santo Sínodo del Patriarcado eligió nuevo Jefe Espiritual de la Ortodoxia mundial (412 millones de fieles) en la persona del Arzobispo Atenágoras, quien paso a ser, desde el 1 de Noviembre de 1948, Atenagoras I, Arzobispo de Constantinopla, duocentésimo sexagésimo octavo sucesor de San Andrés Apóstol y Patriarca Ecuménico.

Después de despedirse del clero y del pueblo de la inmensa archidiócesis de las Américas que gobernara durante diecisiete años tan inspiradamente, se traslado a Constantinopla (Estambul) en la aeronave personal del entonces Presidente de los Estados Unidos, quien quiso testimoniar así ante el mundo su profundo afecto y veneración por el nuevo Patriarca. Las solemnes ceremonias de la entronización de Atenágoras I tuvieron lugar en la Catedral Patriarcal de san Jorge de Constantinopla el 27 de Mayo de 1949, y los Ortodoxos de todo el orbe no tardaron en percatarse de que su nuevo Jefe Espiritual no era un hombre acostumbrado: "Esclarecido entendimiento, águila de altos vuelos que otea el sentido de la historia desde los más claros horizontes, desde los que ve a la Iglesia tal como el instituto su Divino Fundador: La Religión del Amor y de la Paz". Primeras realizaciones del Patriarca Atenágoras fueron la dinamizacion de la espiritualidad del clero y del pueblo de Constantinopla; la sistematización y modernización de la catequesis y de la enseñanza religiosa, el nombramiento de buenos predicadores en todos los templos, la asignación del mejor personal docente del mundo ortodoxo al Instituto Teológico Patriarcal de Halki para la formación de los seminaristas.

La suavización de las relaciones de la Iglesia con el Gobierno turco y el estrechamiento de las relaciones de la Sede Primada con los demás Patriarcados Ortodoxos e Iglesias nacionales Ortodoxos autocefalas. En 1951 dirigió una Encíclica a todos los demás Patriarcas, Arzobispos y Obispos Ortodoxos del Orbe, con ocasión del 1,500 aniversario del Concilio Ecuménico de Calcedonia celebrado en el año 451, y en el que se reconoció la precedencia de honor de la Santa Sede de Constantinopla junto con la Sede de Roma, "por ser aquella la Nueva Roma" (quedando sin embargo indiscutido el primado de la Antigua Roma sobre todas las demás). Representaciones oficiales de Arzobispos constantinopolitanos visitaron en nombre de Atenágoras I a los Patriarcas de Alejandría, Antioquía, Jerusalén, Moscú, Servia, Rumania y Bulgaria, y a los Arzobispos Primados de Grecia y Chipre. Todas estas visitas fueron debidamente correspondidas con representaciones jerárquicas de aquellas Sedes, reafirmándose así los lazos de unión de la Ortodoxia mundial bajo la presidencia espiritual, "en él vinculo del amor", del patriarcado Ecuménico de Constantinopla.

En la noche del 6 al 7 de Septiembre de 1955 Constantinopla vivió horas de terror. Vandálicas hordas turcas, hostigadas por líderes anticristianos y envenenadas por una Prensa totalmente vendida, incendiaron y arrastraron Iglesias y monasterios, apalearon y asesinaron a sacerdotes, obispos y fieles, profanaron los cementerios cristianos, destrozaron hospitales, asilos y bibliotecas y quemaron innumerables centros filantrópicos y catequísticos.

El Patriarca ATENAGORAS, sublimado por el dolor e indiferente a su seguridad personal, lanzóse a las calles y recorrió ruinas humeantes, penetro en las Iglesias saqueadas, visito a los heridos y animó a la población, al propio tiempo que dirigía al gobierno turco la más enérgica protesta y advertencia: si él declaraba oficialmente ante el mundo a la Iglesia en estado de persecución y convocaba en conferencia de Prensa al periodismo internacional, el gobierno turco se vería obligado a dimitir en pleno y sus fronteras se verían automáticamente amenazadas por Grecia y Rusia, seculares potencias protectoras del Patriarcado.

 

Pocos días después, presionados por los Estados Unidos y por la consternacionada opinión publica internacional, el Primer Ministro de Turquía y el alcalde de Estambul se personaban humildemente en el Patriarcado para expresar su "hondo pesar" por lo ocurrido. Atenágoras I respondió simplemente que lo sentía mucho mas por el honor entero, que se había desacreditado irreparablemente ante el mundo entero, que por el de la Iglesia ante Cristo, al cual permanecía fiel en el martirio.

Por naturaleza y por fe optimista, el Patriarcado no se limitó a arriesgar su vida en aquella noche dantesca para impartir su amor y su consuelo a los aterrados fieles, sino que no dejo de animarlos a pensar en un futuro mejor y de estimularlos a empezar a barrer los escombros todavía humeantes para proceder a su inmediata reconstrucción. Cuando, años después de la catástrofe, fue a celebrar los ritos de re-dedicación de un antiquísimo e histórico santuario reconstruido, en su sermón refirió con voz velada por la emoción:"Cuando aquella terrible noche del 55 halle destruido este Templo por completo, no encontré ni columnas ni pilares, ni sagrados íconos ni lámparas, pero en vez de columnas encontré aquí a los encargados del Templo y al Consejo Directivo de la Comunidad: a don Jorge, a don Demetrio, a don Antonio... y en vez de sagrados íconos vi los santos rostros, iluminados por la fe, de las madres cristianas... y en vez de lámparas, candiles y cirios, capte el fulgor de la esperanza en los ojos de los niños... por todo ello tuve desde entonces la seguridad de que este Templo, volvería a ser reconstruido ".

Algunos años después, la marea política turca derrumbaba al gobierno y el Presidente de la República, Celal Bayar, se suicidó cortándose las venas: el Patriarca fue citado ante los tribunales para que acusara oficialmente a los hasta entonces Primer Ministro y alcalde de Estambul como responsable de las salvajadas anticristianas de 1955. Atenágoras I, tan inquebrantablemente firma ante las petulancias de los poderosos en turno como magnánimo para con los enemigos vencidos, negóse rotundamente a inculpar a nadie, declarando ante los jueces que el destino histórico de la Iglesia incluye y presupone su permanente concrucifixión con Cristo y que intercede por sus enemigos porque, como los de Aquel, "no saben lo que hacen".

Ello no salvo sin embargo de la pena capital a los prisioneros, inculpados por otros innumerables delitos y traiciones patrias. Las ejecuciones tuvieron lugar según la bárbara costumbre mongólica: los cuerpos del ex Primer Ministro Adnan Menderes, del ex alcalde de Estambul, del ex Jefe de la Policía y de otros "ex grandes" del régimen anterior, colgaron de las horcas en las plazas publicas ante el complacido morbo de la misma plebe que años antes los había obedecido tan ciega como entusiásticamente en la persecución anticristiana.

La gran visión profética del Patriarca Atenágoras I fue la unión de todas las Iglesias en el amor de Cristo.

El pontificado romano de Pío XII, sin embargo, no había resultado demasiado fértil en predisposiciones vaticanas hacia una reconciliación histórica con el Cristianismo Oriental, por lo menos a nivel oficial. El Patriarca había expresado repetidamente al Delegado Apostólico de la Sede Romana en Constantinopla, Mons. Andrea Cassulo, el deseo de que las relaciones entre las dos Iglesias volvieran a adquirir vitalidad eclesiástica y la sinceridad evangélica que habían alcanzado bajo sus respectivos antecesores: el venerable Patriarca Benjamín I y el Delegado Papal Mons. Angelo Roncalli(después Papa Juan XXIII). Con temerosa discreción, Mons. Cassulo informo al Pontífice Pío XII acerca de la publicación de la tercera gran Encíclica de Atenágoras I sobre "La Unidad Ecuménica de las Iglesias" y del deseo de este respecto a la revigorización de las relaciones ínter eclesiásticas.

Aunque la respuesta papal fue un tanto ambigua, el Delegado se decidió a visitar al Patriarca en su propia Sede, pero al margen de todo protocolo la visita fue cordialísima y Mons. Cassulo quedo profundamente impresionado por la visión evangélica que el Patriarca tenia de la vocación de todas las Iglesias de origen católico y apostólico a reintegrarse de nuevo en la indivisa Una, Santa, Católica y Apostólica única Iglesia que Cristo fundara. Esta honda impresión de Mons. Cassulo se trocó en verdadera consternación cuando, dos días después, recibía en su propia residencia la presencia personal del Patriarca Ecuménico, que espontáneamente llegaba a devolverle la visita.

 

Durante este acto Mons. Cassulo sucumbió a la emoción y, mientras sorbía tembloroso el te junto al patriarca, falleció de un ataque cardiaco.Por fortuna, Mons. Angel Roncalli seguía representando a la Sede Romana a través de importantísimas misiones eclesiásticas y humanísticas en el Oriente Cristiano . Durante la Segunda Guerra Mundial medio con gran firmeza y eficacia a favor de la población civil griega ante el siniestro "eje" navifacista. Fue amigo personal del Arzobispo de Atenas Mons. Damaskinos y de muchos otros jerarcas y políticos griegos. Cuando en Septiembre de 1941 un provocado incendio destruyo la mayor parte de los edificios del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, Mons. Roncalli se apresuro a personarse ante el entonces Patriarca Benjamín I para manifestarle su sentimiento y el de su Iglesia. En 1952 Mons. Roncalli, siendo ya Nuncio Papal en París, fue nombrado Cardenal, y el 28 de Octubre de 1958, tras la muerte de Pío XII, fue elegido Pontífice Romano. Atenágoras I saludo jubiloso la ascensión al trono de San Pedro de una personalidad tan amiga del Oriente Cristiano, parafraseando estas palabras del Evangelio de San Juan: "Hubo un hombre enviado por Dios , de nombre Juan". Nuestro actual Arzobispo Ortodoxo Griego de Norte y sur de América Mons. Jacobo fue enviado por el Patriarca Atenágoras al vaticano para felicitar a Juan XXIII por su elección y por el audaz programa que se había trazado de convocar un Concilio para la renovación de las actitudes de la Iglesia ante la problemática del mundo moderno, y así las relaciones entre ambas Sedes se reafirmaron oficialmente.

Sin embargo, para proseguir con eficacia en su anhelo ecuménico Atenágoras I necesitaba promover y hacer madurar más y más el ideal de la unión de las Iglesias en las conciencias de los demás jerarcas Ortodoxos. A este fin, en 1959 visito personalmente a los Patriarcas de Jerusalén, de Antioquía y de Alejandría, y como resultado pudo convocar, en 1961 y en la isla de Rodas, la Primera Asamblea general de orígenes apostólicos. Allí, en presencia de observadores y jerarcas católicorromanos y protestantes oficialmente invitados, se elaboró el extenso y trascendental temario para un futuro PRE-CONCILIO PANORTODOXO y se dinamizo la unificación de todos los Ortodoxos bajo la presidencia moral del Patriarcado Ecuménico.

 

Por las mismas fechas, Juan XXIII se hallaba dinamizando también el cristianismo de Occidente con el extraordinario temario del CONCILIO VATICANO II. En 1963 ATENÁGORAS I visitó el Monte Athos, que se hallaba bajo la jurisdicción eclesiástica directa del Patriarcado de Constantinopla, con ocasión de cumplirse el primer milenario de esta gran república monástica que tantos Santos, ascetas y Jerarcas ha dado a la Iglesia.

Allí acudieron también a concelebrar el acontecimiento muchos Patriarcas y Arzobispos Primados, con los que tuvo ocasión de seguir profundizando en la toma de conciencia de la urgente necesidad de la unión del Cristianismo Universal de origen apostólico directo. Del Monte Athos y antes de regresar a su Sede pasó a visitar Grecia, la eterna Ellada, su amada patria. Pero antes de trasladarse a Atenas para entrevistarse con el rey, el Arzobispo Primado y el Sínodo, prefirió trasladarse privadamente a su pequeña aldea natal de basilikon en el Epiro, para orar ante las modestas tumbas de sus venerados padres. De allí paso a Corfú (Korfou), donde había sido Arzobispo, y después a la Isla de Patmos (Patmos). Del Dodecaneso (Dodeka nisi) fue a Creta y a Atenas, siendo en todos los puntos de su itinerario recibido y aclamado como la Cabeza Espiritual de la Iglesia Ortodoxa más carismática y clarividente desde los tiempos de San Juan Crisóstomo. De regreso a Constantinopla y a fines del mismo año 1963, convocó y congrego en la Isla de Rodas lka magna II Asamblea General Panortodoxa, en la cual todas las representaciones oficiales de todos los Patriarcados, Iglesias Autocefalas nacionales y Arzobispados Primados Ortodoxos acordaron unánimemente, a instancia del Patriarca Ecuménico Presidente de todos ellos, acceder a un " dialogo en términos de fraternal equidad en el amor de Cristo Jesús" con la Santa Sede Romana, cabeza del cristianismo Apostólico Occidental.

Juan XXIII, entretanto, concedía una gran importancia al desarrollo de su "Secretariado para la Unión de los Cristianos", e impulsaba extraordinariamente las relaciones con la Iglesia Ortodoxa, ya que solo a través del Patriarcado de Constantinopla, sino a todos los niveles y en todos los países.

 

En una inspiración de amor cristiano sin precedentes en la historia eclesiástica, al finalizar la I Parte del Concilio Vaticano II y ante la atónita sesión plenaria de todos los prelados de su Iglesia procedentes de todas las partes del mundo, el santo Papa imploró solemnemente el perdón de la Iglesia Ortodoxa por las faltas al amor cristiano que de parte de la Iglesia Romana hubiera recibido en el pasado. Desde entonces, antes la entusiasta admiración del mundo cristiano, el Papa y el Patriarcado se impusieron a si mismos la misión de sustituir los antiguos malentendidos y rencores por obras que manifestaran una sincera reconciliación, y ambos santos varones compitieron en la búsqueda de medios y en la creación de nuevas ocasiones de fraternal acercamiento.

En Mayo de 1963, sin embargo, la humanidad entera recibía consternada la noticia de que el Pontífice Romano estaba sucumbiendo a mortal enfermedad. Atenágoras I se apresuró a telegrafiarle: " Unidos a Vuestra Venerable y Amadísima Santidad, asi como nos hemos sentido identificados en todos los grandes instantes y esfuerzos por el amor, la paz y la concordia, asi ahora en estos momentos de prueba por los que atravesáis nos sentimos a vuestro lado y oramos al Señor como por un Amadísimo Hermano". El Cardenal Cicognani telegrafió al Patriarca de parte del santo enfermo, transmitiéndole " su profunda gratitud y emocion, y la Iglesia Universal".

El dia 3 del siguiente mes el "Papa Bueno " durmió en el Señor.

El 21 del mismo mes de Junio fue elegido Sucesor de San Pedro en Roma el hasta entonces Cardenal Arzobispo de Milan: Paulo VI. Desde el principio de su pontificado empezó a intercambiar cordiales epístolas con Atenágoras I de Constantinopla. El 20 de Septiembre de ese mismo histórico año de 1963, el nuevo Papa anuncio al Patriarcado su propósito de reunirse personalmente con el en fraterno dialogo. Atenágoras I respondió proponiendo un encuentro íntimo de ambos en aquella Sede mas Santa y Primera que la de Roma o la de Constantinopla, porque en ella no murió un Apóstol, sino el mismo Señor Jesucristo: la Santa Sede de Jerusalén, Primada del Cristianismo Universal.

 

En efecto, el Vaticano había ya anunciado al mundo el propósito papal de ir como humilde peregrino a Jerusalén, y Atenágoras I creyó que la ocasión histórica, la santidad del lugar y la piadosa motivación de Paulo VI no podían ser mas providenciales para un primer encuentro. La respuestas del Papa no se hizo esperar: aceptaba entusiasta mente la proporción y esperaba impacientemente reunirse con el Patriarca los primeros días de Enero de 1964. Atenágoras I y su Santo Sínodo en Constantinopla nombraron una comisión especial de Arzobispos que visitaron al Patriarca de Jerusalén Su Beatitud Benedicto a fin de comunicarle oficialmente el santo plan, y este envió a Roma y a Constantinopla una Delegación presidida por el Arzobispo del Jordán, para acordar todos los aspectos y detalles del encuentro. También se comunico el inspirado proyecto a los demás Patriarcas y Arzobispos de la Ortodoxia mundial, que respondieron unánimemente expresando su adhesión y jubilo por el providencial evento.

Por su parte, Paulo VI puso en movimiento a este fin los complicados y eficaces mecanismos diplomáticos, ceremoniales y protocolarios del Vaticano, que trabajaron en coordinación con el Arzobispo de Tiatira, enviado especial del Patriarca.

Por fin amaneció la ansiada jornada: los días 5 y 6 de Enero de 1964 Paulo VI y Atenágoras I, representando en común a más de mil millones de cristianos, católicos y apostólicos, después de 900 años de mutuo aislamiento e incomprensión se abrazaron emocionados en la Sede de Cristo, Jerusalén. Se reunieron en trascendentales entrevistas privadas y en otras y en otras reuniones de trabajo y conferencias públicas rodeados de sus más estrechos y significados colaboradores. Ello estableció un precedente de colaboración fraternal ínter eclesiástica en audaz espíritu evangélico que escandalizo a muchos tontos en todo el mundo, de los que se empeñan en ser mas " eclesiásticos" que cristianos y que, preciso es reconocerlo, lo logran con una perfección que no les enviamos.

En la alocución de Atenágoras I al Papa se transparentaba el jubilo sobrenatural por el acontecimiento, asi como su caracteristico santo optimismos cristiano:

 "¡Quiera el Señor que este primer encuentro entre Oriente y Occidente, después de nueve oscuros si siglos de mutuo aislamiento e incomprensión, constituya el amanecer histórico de aquel esplendoroso día, en el que las venideras generaciones cristianas de todas las Iglesias glorificaran a Dios, ya indissolublemente identificadas en la comunión de un mismo Pan y en la participación de un mismo Cáliz, en la unión del amor y de la Fe!".

Confirmando estas esperanzas, el Pontífice Romano ofreció al patriarca un obsequio extraordinariamente significativo: un Cáliz y una Patena de oro, con la inscripción alusiva. Las palabras de Paulo VI no fueron menos significativas: " Las diferencias en cuestiones eclesiásticas sean en buena hora debidamente consideradas por idóneas comisiones mixtas, sin lesionar en lo más mínimo el amor fraterno que nos une en Cristo Jesús. Pero lo que a nosotros verdaderamente urge y a todos compete, es el acercamiento de este amor y de sus obras, porque este es el primero y mas grande de los mandamientos que de nuestro Divino Fundador hemos recibido".

El obsequio del patriarca fue asimismo del episcopado, que ambas Iglesias tienen en común por sucesión histórica directa de los apóstoles. Esta prenda era del siglo XI (en el que tuvo lugar la separación y pertenecía al Tesoro del Museo Patriarcal de CONSTANTINOPLA. Desde el regreso de ambos Jerarcas a sus respectivas Sedes apostólicas, su continua correspondencia tanto privada como oficial y sus intercambios de embajadas, comisiones y misiones especiales, entraron a formar parte de la actividad poco menos que cotidiana de ambas Curias y cancillerías.

Pocas semanas después de la histórica entrevista de Jerusalén, Atenágoras I envió a Paulo VI tres antiguas tinajas bizantinas convino del milenario monasterio de Patmos para celebrar la Santa Misa; el Pontífice Romano le agradeció en carta manuscrita " este símbolo de la Eucaristía que tenemos en común y que un día en común concelebraremos". A fines del mismo año, el Papa envió al Patriarca el anillo pontifical que había pertenecido a Juan XXIII, de santa memoria, en recuerdo de la profunda amistad que los había unido.

El Concilio Vaticano II decreto en 1964 que los varones católico romanos de rito oriental podían contraer matrimonio con ortodoxas ante un sacerdote ortodoxo. Poco después, Paulo VI hizo extensivo este permiso a los católico romanos de rito latino. Luego el Vaticano, decretando sobre la oración, declaro que quedaba permitido a los católico romanos recibir los Sacramentos en la Iglesia Ortodoxa en especiales circunstancias, e ir a la Divina Liturgia Ortodoxa como a la Santa Misa Romana, animando a los ortodoxos a hacer lo mismo. Eso era ir demasiado aprisa y demasiado lejos.

En la Pascua del mismo año, Atenágoras I dirigió una Encíclica declarando que las anteriores generosas decisiones unilaterales de la Iglesia Hermana no podían todavía considerarse como oficialmente adoptadas por la Iglesia Ortodoxa, dado el carácter preparatorio en el que todavía se hallaban los estudios al respecto de las comisiones mixtas de teólogos, historiadores y canonistas.

A fines de 1964 Atenágoras I reunió en la isla de Rodas la III Asamblea general Panortodoxa, en la que ante el beneplácito general se dio cuenta del histórico encuentro de Jerusalén y de sus frutos.

En Febrero de 1965 el Patriarca envió una Delegación al Vaticano para informar a Paulo VI de las resoluciones de la III Panortodoxa. La misma Delegación visito a continuación, con igual fin, al Arzobispo Primado de Canterbury, Cabeza Espiritual de la Iglesia Anglicana, y el arzobispo Primado de la Iglesia de los Antiguos Católicos ( separada de Roma a raíz de la proclamación dogmática de la infalibilidad papal).Pero la ardiente vocación de Atenágoras I por la reintegración en la unidad del Cristianismo Universal de origen apostólico no se satisfizo con esta ampliación de los horizontes ecuménicos: Personalmente, y asistido de todos los Arzobispos del Santo Sínodo de Constantinopla, celebró una emocionante y poética ceremonia en la Catedral Patriarcal de san Jorge, ante una nutrida Delegación oficial de Cardenales y otros Jerarcas católico romanos enviados especialmente por Paulo VI, durante la cual se anularon y cancelaron la excomunión y el anatema que en el triste cisma del año 1054 se habían lanzado contra la Sede Romana.

Aquel mismo día ( 6 de Diciembre de 1965) y exactamente en la misma hora, en la Basílica de San Pedro de Roma, Paulo VI oficiaba igual ceremonia ante la asamblea Plenaria del Concilio Vaticano II, rodeado por los Cardenales de la Curia y ante una Delegación oficial de Arzobispos Ortodoxos enviadas por Atenágoras I, anulando y cancelando la excomunión y el anatema que la Sede Romana lanzara contra el Oriente cristiano en el año 1054. Ello constituyo otro paso decisivo en la ardua empresa de la reconciliación ínter eclesiástica entre Oriente Católico Apostólico Ortodoxo y el Occidente católico Apostólico Romano. En el Comunicado conjunto que al respecto fue dado a conocer simultáneamente por el Papa y por el Patriarca, se enfatizaba que: " se deploran en contricción profunda, se retiran de modo absoluto y se desmienten en un renovado espíritu fraterno, las expresiones ofensivas, las infundamentadas acusaciones y las censurables actitudes que por ambas partes caracterizaron los lamentables hechos del año 1054, o se derivaron de ellos..."; " se censuran asimismo, se levantan, se cancelan, se borran del recuerdo de la Iglesia y se arrojan al olvido, los anatemas y las excomuniones mutuamente lanzados, por consecuencia enercia de los cuales seguían subsistiendo hasta hoy impedimentos para un autentico acercamiento en el amor de Cristo".

Atenágoras I, ante los temores expresados por los círculos Ortodoxos ultra conservadores, explicó paternalmente; " en este movimiento hacia la unión, no se trata de que una Iglesia sea absorbida o atraída, sino que todas lo deben ser por nuestro común Cristo y Señor: ni se trata tampoco de que una subordine a la otra, sino de que juntas vuelvan de nuevo a constituir aquella Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia, en coexistencia en el Oriente y en el Occidente, tal como vivíamos hasta el año 1054 y aún a pesar de las diferencias teológicas que ya por entonces existían".

A continuación Atenágoras I visitó a los Patriarcas Ortodoxos de Servia, Bulgaria y Rumania. Otro paso gigantesco se avanzo a partir de Julio de 1967, cuando el Papa consterno al mundo entero visitando personalmente al Patriarca en su propia Sede Constantinopla, en un viaje a Turquía que produjo gravísimas preocupaciones protocolarias al gobierno turco, a la Secretaria de Estado vaticana y al departamento de Relaciones Exteriores del Patriarcado Ecuménico.

Llegado a Estambul y después de haber efectuado en yate del Presidente de la Republica Turca el inevitable recorrido tradicional del Bósforo, y de haber visitado amablemente el palacio de Topkapi, PAULO VI se dirigió a la histórica CATEDRAL BASÍLICA DE SANTA SOFÍA DE CONSTANTINOPLA, TEMPLO PRIMADO DE ORIENTE CRISTIANO, pero que después de la ocupación turca del Imperio Bizantino fue convertida por los musulmanes en mezquita, y hoy funciona como simple y frió museo del Patrimonio nacional. En el interior de la inmensa basílica y abajo su cúpula que se levanta a 85 metros del suelo, el Papa pregunto al director del "museo " si ya estaban por fin restauradas las vastas superficies de íconos de mosaicos bizantinos (que los musulmanes habían destrozado a piquetes y cubierto con paletadas de cemento y cal ). Al serle dada una temblorosa respuesta afirmativa, el Pontífice dijo con firmeza: "el genio cristiano supo concebir y construir esta obra maestra de la humanidad", y agrego con cortes severidad: " Debéis preservarla bien. Es necesario que este sagrado templo siga siendo para todo el mundo una lección de historia y religión". De improviso, dirigiéndose al Ministro de Relaciones Exteriores de Turquía, pregunto:" ¿Puedo concentrarme y orar por un instante?", y sin esperar respuesta del desconcertado político, el PAPA PAULO VI, se arrodilló en el mismo lugar en que, novecientos años antes, el tristemente celebre Cardenal Humberto Da Silva había arrojado sobre el santo altar, en nombre de la Sede Romana, el inconcebible documento de excomunión papal contra el Oriente Cristiano, originando así el cisma.

DE SANTA SOFÍA SE DIRIGIO PAULO VI AL ENCUENTRO DE ATENÁGORAS I, verdadero fin de su visita a Turquía. En una imponente ceremonia sin precedente histórico alguno, el Papa fue solemnemente recibido por el Patriarca a las puertas de la Catedral de San Jorge de Constantinopla. Después de intercambiar con incontenida emoción el abrazo de paz, penetraron en procesión por el gran Templo en medio de un mar de fieles y frente a los sitiales de los Arzobispos y Obispos de ambas Iglesias y del Cuerpo Diplomático. En el Te Deum o Doxología de acción de gracias que se celebro, ambos Jerarcas ocuparon sendos tronos iguales, dando el Patriarca atentamente su derecha al Papa, y, por disposición patriarcal, el archidiácono pronunció en nombre de Paulo VI antes del de Atenágoras I al implorar la divina bendición sobre el jefe de la Iglesia, al propio tiempo que el Patriarca hacia una respetuosa inclinación hacia su visitante. "

Este ha sido el momento culminante", comentaría horas mas tarde Radio Vaticano. Paulo VI se persignó durante toda la ceremonia según el rito ortodoxo griego y, en su alocución, empezó dirigiéndose al Patriarca con expresiones plenas de sentido histórico y teológico: "Hace mas de tres años que el Señor nos concedió la gracia de encontrarnos en calidad de peregrinos en Jerusalén, allí donde El mismo fundó su Iglesia y derramo Su sangre por ellas; hoy, también como sencillo peregrino, llego a estos lugares, en los que los sucesores de los Apóstoles se congregaron bajo la inspiración e iluminación del Santo Espíritu, a fin de dar testimonio de la fe de la Iglesia; me refiero a los magnos Concilios Ecuménicos de la Cristiandad: el de Nicea, el de Constantinopla, el de Efeso y el de Calcedonia, Concilios comparables, por su contenido y trascendencia, a los mismos cuatro Evangelios ".

En su respuesta, el Patriarca saludo al Pontífice con estas palabras: " ¡Gloria a Dios, que nos ha hecho hoy dignos de recibir, con infinito amor y los maximos honores, a Vuestra Venerabilísima Santidad, Sucesor de Pedro y que de Pablo tenéis además el nombre y la fortaleza de la fe, y de Juan la profundidad del amor!

 ¡ Sed bienvenido, santísimo Hermano, que nos traéis el abrazo de la ilustre Roma a ésta su hermana Sede! Congratúlense con nosotros hoy los Santos Apóstoles hermanos Pedro y Andrés, fundadores de nuestras respectivas Sedes, y alégrense con ellos todos los Santos Mártires de Oriente y de Occidente quienes en una Iglesia indivisa dieron sus vidas en testimonio de la fe que nos es comun. Alegrándose asimismo con nosotros y con ellos las generaciones todas que desearon alcanzar a ver estos memorables días de mutua reconciliación...".

Después de la ceremonia ambos Jerarcas sostuvieron una larga conversación estrictamente privada en el despacho patriarcal y luego se dirigieron a la Catedral católico romana de Constantinopla a fin de que Atenágoras I pudiera devolver la visita a Paulo VI. El templo se hallaba asimismo repleto de fieles de todas las Iglesias que llenaban hasta las calles circundantes.

Al día siguiente por la mañana, Paulo VI abandono Estambul para trasladarse a Efeso en píadosa peregrinación. Atenágoras I lo despidió en el aeropuerto y, abrazándolo una vez mas, le dijo con su característica profunda mirada, sonriendo emocionado: " A rivederci a Roma".

En Octubre del mismo año 1967 tuvo lugar la correspondiente visita del Patriarca Ecuménico a la Santa Sede en el Vaticano. De Constantinopla partió para Belgrado a fin de visitar por cinco días al Patriarca de Servia, Su Beatitud. Justiniano, por cuatro días; luego a Sofía para entrevistarse por otros cuatro días con el Patriarca de Bulgaria, Su Beatitud. Cirilo.  Después fue por tres días a Zurich en Suiza para presidir las arduas tareas de los Arzobispos de su comitiva, preparando todos los aspectos del ingente y delicadísimo programa de su visita a la Ciudad Eterna. Se trataba ni mas ni menos que este tercer encuentro de los dos Jerarcas constituyera una ininterrumpida expresión de ardiente amor fraterno en Cristo Jesús, combinada con una obra maestra de tacto diplomático.

Al propio tiempo, y en previsión de cualquier contingencia, se mantenía contacto radiotelegráfico con el Arzobispo de Caldea Su Eminencia Cirilo, que había quedado en Constantinopla como Administrador Provisional de la Sede Patriarcal: y con la Secretaría de estado del Vaticano, coordinando la confección del extenso programa protocolario de la inminente visita.

Aparte de ello, se seguía la correspondencia y el contacto usual con todas las jerarquías ortodoxas del mundo y se llevaba al día la labor habitual del despacho patriarcal, de la curia sinodal y de la mitra de Constantinopla, como si se hallaran en la propia Sede.

Atenágoras I y su comitiva llegaron a las 9:30 de la mañana del 26 de octubre de 1967 al aeropuerto romano de Fiumicino en un " Boing 707" de la Olimpic que llevaba en su fuselaje el escudo del Papa, el sello del Patriarca y la frase " Paulo VI- Atenágoras I, Pacificadores" en letras de oro. En el lugar correspondiente a primera clase se había instalado una capilla bizantina. Aristóteles Onasis, propietario de la línea aérea, asistió personalmente al patriarca y a los jerarcas de su séquito durante el viaje.

Atenágoras I fue recibido por los cardenales romanos, presididos por su decano, Mons. Eugenio Tosserant, por representaciones de Arzobispos del Concilio Vaticano II, por miembros del gobierno italiano, por el Cuerpo Diplomático acreditado en Roma y en la Ciudad del vaticano, por el alcalde de Roma y por una inmensa multitud que lo aclamaba, mientras los coros de la Capilla Sixtina entonaban por los megáfonos del aeropuerto los himnos del Papa y del Patriarca y volteaban repiqueteando en señal de bienvenida las campanas de todas las Iglesias de Roma. De allí se trasladaron en procesión de automóviles al Vaticano, ocupando el patriarca el automóvil personal de Paulo VI.

En la entrada del Estado del Vaticano la oficialidad mayor de la Guardia Suiza rindió honores pontificales al venerable visitante,. Por deseo especial de Paulo VI, se le prepararon al patriarca las habitaciones del que había sido su amigo personal Juan XXIII, en la llamada Torre o castillo de san Juan. No solamente la íntima capilla privada, el monacal dormitorio, el escritorio personal y el comedor con los mismos muebles que había utilizado el santo Papa, sino hasta el mismo personal que había tenido a su servicio se pusieron por Paulo VI a disposición de Atenágoras I. Este, revestido con la violácea capa magna del rito bizantino, rodeado de Arzobispos y Obispos y precedido por los Cardenales, llego a las once de la mañana al atrio de la Basílica de san Pedro, en cuya inmensa plaza un océano humano prorrumpía en ensordecedores vítores a PAULO VI, PRIMA INTER. PARIS DEL  CRISTIANISMO, Y A ATENÁGORAS I, SUCESOR DE SAN ANDRÉS, PRIMADO DEL ORIENTE CRISTIANO Y SEGUNDO EN HONOR Y REVERENCIA EN LA IGLESIA UNIVERSAL.

Paulo VI, rodeado de su séquito, esperaba de pie a las puertas de la Basílica. Tenia alta fiebre y padecía agudos dolores por un nuevo brote de su enfermedad, pero por ningún motivo había querido aplazar la histórica ceremonia, las redes de televisión mundial trasmitieron la insólita santa entrada de los dos Jerarcas en san Pedro, bendiciendo conjuntamente al Colegio de los Cardenales, a los miembros de la asamblea Plenaria del Sínodo Mundial de Obispos, al Cuerpo Diplomático, a los Generales y Superiores Generales de todas las Ordenes y Congregaciones Religiosas y al pueblo romano.

Después de adorar a Cristo Jesús, presentes en el Sacramento Eucarístico, pasaron a venerar el sepulcro de san Pedro las catacumbas bajo el altar mayor; allí el patriarca colocó y encendió una lámpara votiva bizantina.

A continuación pasaron a ocupar sus sitiales en el altar mayor de la basílica. Jamás en la historia de la Iglesia Romana se había erigido en aquel lugar otro trono que el del Papa; pero nunca antes éste había sido visitado oficialmente por el Primado del Oriente Cristiano, segundo en su rango después de él y con igualdad de honor según loc concilios, y por ello tanto el severo protocolo Vaticano como el secular ceremonial litúrgico papal se acomodaron reverentemente a los sagrados cánones y leyes eclesiásticas emanados al respecto por el VI Concilio Ecuménico: " La Sede de Constantinopla, Nueva Roma, siendo la segunda después de ésta; y después sea considerada como tercera la Sede de Alejandría, luego la de Antioquia, y a continuación la de Jerusalén". Así pues, se colocaron dos tronos iguales, el del Patriarca a la izquierda y a su derecha el del Papa.

La ceremonia fue una liturgia de la Palabra, que empezó con salmos, oraciones penitenciales, lectura de la Epístola de san Pablo a los Filipenses ( II, I - II), himnos, lectura del texto original griego del Evangelio de San Juan (XIII,I -15 ) por el Archimandrita Patriarcal, jaculatorias y preces por la unión de las Iglesias en siete idiomas, el Padre nuestro rezado conjuntamente, las alocuciones del Papa y del Patriarca y el beso fraternal de paz. Las dos alocuciones ( en latín la de Paulo VI, en Griego la de Atenágoras I) fueron traducidas en italiano. Estruendosas ovaciones interrumpieron ocho veces la lectura de la del Papa y doce veces la del Patriarca. A continuación Paulo VI dio el beso de paz ritual a siete Arzobispos Ortodoxos, y Atenágoras I a siete Cardenales Romanos, quienes a su vez lo transmitieron a todo el clero, y éste a todo el pueblo y dignatarios que atestaban la enorme Basílica.

El sagrado culto finalizo con la bendición apostólica, impartida conjuntamente por el Papa y por el Patriarca, mientras los coros pontificios de la Capilla Sixtina entonaban las palabras: " Os doy un nuevo mandamiento: amaos los unos a los otros como yo os he amado ", y la antífona: " Donde hay amor, allí esta Dios".

Por la tarde del mismo día el patriarca visito la Basílica de San Pablo Extramuros para recibirlo. Lo recibió en el atrio el Abad Primado de la Orden benedictina, rodeado de su Comunidad y acompañado por Abades Generales y superiores mundiales de muchas Ordenes Religiosas.

Atenágoras I celebro allí un Te Deum o Doxología de acción de gracias, ofreció una lámpara votiva y dio una audiencia general en el gran salón de la abadía. A continuación regreso al Vaticano, en cuyo histórico salón llamado de los Ornamentos le ofrecieron una solemne recepción los 62 Cardenales que se hallaban en Roma y los arzobispos y Obispos de todo el mundo que estaban congregados con motivo del sínodo Mundial del Episcopado católico romano. El Cardenal Bea le dirigió en nombre de todos la alocución de bienvenida, a la cual el Patriarca, sentado en el sitial pontificio, correspondió con un discurso que termino con una ovación eclesiástica; finalizando el acto, todos los jerarcas católico romanos fueron desfilando ante él y presentándole sus respetos. Al día siguiente sostuvo una larga entrevista privada con Paulo VI en la biblioteca personal de éste, a cuyo termino fueron llamados los jerarcas de ambos séquitos, con los cuales siguieron en otra prolongada reunión de trabajo. Después  Atenágoras I, acompañado por el Cardenal Tisserant y otros Cardenales y altos dignatarios vaticanos, visito la Basílica de San Juan de Letran y de allí a la Basílica de San Pedro, donde descendieron a la cripta de los Papas; en ella el Patriarca se dirigió directamente al sepulcro de Juan XXIII de santa memoria, en el que oró con gran recogimiento y coloco unas espigas de oro en un estuche con un pergamino en el que había escrito personalmente una dedicatoria especial. A última hora de la misma tarde visito la Basílica de Santa María la Mayor, el mas grande santuario del mundo dedicado al culto de la Santísima Virgen. Ocupando, por disposición especial de Paulo VI, el trono pontifical, dirigió fervorosas plegarias en rito Ortodoxo Griego a la Madre del Señor, bendiciendo después a la emocionada multitud mientras los coros de la Basílica entonaban en griego: " Al que nos bendice y nos santifica conserva, OH Señor, por muchos años".

Al día siguiente, sábado 28 de Octubre, visitó las catacumbas de santa Priscila, a seis kilómetros del Vaticano, donde existe una capilla griega con pinturas al fresco del siglo segundo de la era cristiana, entra las que se halla la mas antigua representación conocida de la Santísima Virgen. Luego visito el Coliseo, donde rezó los troparios del rito ortodoxo en conmemoración de los Mártires del Cristianismo. De allí se traslado a la Iglesia de san Andrés, de la Comunidad Ortodoxa Griega de Roma, donde oró y saludó largamente al clero y a la feligresía.

Después visitó la Capilla Sixtina y fue acompañado hasta la Sala Regia del Vaticano, salón oficial reservado para las audiencias solemnes de los Pontífices, donde presidio desde el trono papal una recepción a los Rectores de las Universidades Católicas de Roma y de Italia y a muchas otras distinguidas personalidades de la cultura italiana. A continuación tuvo lugar en la biblioteca del Pontífice Romano la reunión de despedida oficial. El Papa y el Patriarca se entrevistaron allí de nuevo a solas durante una hora y media y luego fueron llamando a sus mas altos colaboradores. Todos reunidos al fin y después de emocionadas alocuciones de despedida, Paulo VI obsequió a Atenágoras I una colección de fotografías de los momentos culminantes de aquellos días inolvidables. Después el Papa invito al Patriarca, al Arzobispo Melitón de calcedonia y al Cardenal Bea a almorzar en su departamento privado.

Este hecho, en apariencia tan natural como cordial, encerraba, como tantos de los de aquellos días, una enorme trascendencia: en primer lugar para poder tener ocasión de ofrecer esta comida íntima de despedida a su huésped, el Papa prefirió ausentarse de la importante sesión final del Sínodo Mundial de Obispos, que al mismo tiempo tenia lugar, era la primera vez después de muchos siglos que un Papa tenia invitados a comer con él y en su misma mesa,( excepto hermanos carnales, precedentes establecido por Juan XXIII). Como corolario a la histórica visita se público un Comunicado Oficial conjunto, abundando en los conceptos de total y fraterna reconciliación de las dos Sedes y las dos Iglesias en el amor de Cristo, y expresando el inquebrantable propósito de proseguir en el mismo espíritu hasta hallar las soluciones teológicas, canónicas y administrativas conducentes a la definitiva y tan ansiada reintegración de todo el Cristianismo de origen católico  apostólico en aquella indivisa y perfecta unidad en la que fue fundado por el Señor.

Tras el abrazo de despedida ( los dos santos Jerarcas ya no volverían a verse mas en este mundo), y con los mismos máximos honores, Atenágoras I partió con su comitiva hacia el aeropuerto Fiumicino de Roma en automóviles pontificios escoltados por la oficialía de la Guardia Papal y del Ejército italiano, atravesando lentamente la Ciudad Externa entre multitudes de fieles que llenaban las avenidas y plazas del itinerario, ovacionando a su paso mientras las campanas de todas las iglesias volteaban repiqueteando en señal de despedida.

En el aeropuerto fueron despedidos por los Cardenales, cuerpo diplomático, miembros del gobierno italiano y por el alcalde de Roma. Desde la escalerilla del avión Atenágoras I bendijo sonriendo, por ultima vez, al pueblo romano que lo aclamaba.

La prensa, la radio y la televisión dedicaron extensas programaciones a la visita patriarcal, subrayando su extraordinaria trascendencia histórica y difundiendo todas sus etapas.

El avión patriarcal aterrizó en Zurich, Suiza, donde Atenágoras I celebró la Divina Liturgia de pontifical en la Iglesia Ortodoxa Griega y predicó. Mientras tanto, en Roma Paulo VI cancelaba todas sus actividades para las próximas tres semanas: materialmente vencido por su dolencia urológica, ya sólo alcanzó al día siguiente a oficiar una Misa para clausurar oficialmente el Sínodo Mundial de Obispos y proclamar la canonización de un Santo francés del siglo XIV.

Habiendo logrado sobreponerse heroicamente a los dolores de su enfermedad para llevar a cabo hasta el último detalle de todo el extenso programa de actividades con motivo de la visita de Atenágoras I, además de la de por sí ingente labor diaria del gobierno de su Iglesia, se sentía desfallecer y accedió a ser quirúrgicamente intervenido. La operación se realizó el sábado siguiente con resultados plenamente satisfactorios y desde las restantes ciudades de su itinerario ( Zurich, Londres, Ginebra, Constantinopla), Atenágoras I siguió telefónicamente el curso de la convalecencia.

De Zurich el Patriarca se traslado a Inglaterra para hacer otra visita fraterna: al Arzobispo Primado de Canterbury, Cabeza Espiritual mundial de la Iglesia Anglicana, Mons. Arturo Miguel Ramsey, con el que celebró asimismo importantes entrevistas y reuniones de trabajo sobre temas referentes a la colaboración entre sus respectivas Iglesia. De allí fue a Ginebra para visitar la Sede central del mas importante organismo mundial de entendimiento y colaboración entre todas las Iglesias Cristianas: El Consejo Mundial de las Iglesias. En este Centro inauguró las oficinas de la representación oficial del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, donde 1968 se reunió la Cuarta Conferencia Panortodoxa.

Las comisiones mixtas de teólogos, historiadores y canonistas católico romanos y ortodoxos siguen trabajando desde aquel bendito año intensamente, allanando dificultades y proponiendo posibles soluciones para las diferencias de criterio subsistentes entre las dos Iglesias. Estas diferencias, que siglos antes fueron motivo de deplorables disensiones, son ahora ocasión para apasionantes estudios científicos, realizados en perfecta colaboración por ambas partes. Desde entonces se multiplicaron asimismo los intercambios de visitas de comisiones especiales, los mensajes personales y las ínter consultas sobre diversos temas confidenciales entre ambos Jerarcas. En los acontecimientos más importantes de la actividad eclesiástica de cada uno, se hallaron siempre presentes representantes y delegados del otro.

En abril de 1969, Paulo VI nombró Cardenal al Arzobispo Juan Willebrands, gran colaborador de los teólogos ortodoxos, amigo personal de Atenágoras I y Secretario General de la importante Secretaria Pontificia para la Unión de las Iglesias. El nuevo Cardenal se trasladó con una comisión papal a Constantinopla en Noviembre del mismo año y durante una semana laboró personalmente con los jerarcas ortodoxos, bajo la dirección de Atenágoras I. El Cardenal Willebrands visitó asimismo, de parte del Pontífice Romano, a Atenágoras I cuando éste se trasladó a Viena para cuidar su salud. Siguiendo los pasos de sus tres grandes antecesores San Basilio Magno, san Gregorio el Teólogo y San Juan Crisóstomo

Todos ellos florecieron en virtud y ciencia en los ámbitos del Patriarcado de Constantinopla, Atenágoras I ha reorganizado al Cristianismo Oriental; en primer lugar, sistematizando según los métodos mas modernos y eficientes la enseñanza religiosa y la predicación evangélica para los adultos, y la catequesis para la infancia. En segundo lugar, concediendo un especial interés y apoyo a la difusión de la cultura helénica, gracias a la cual el Cristianismo halló sus primeros cauces de expresión teológica y de difusión misionera hacia el mundo entero.

A través de inspiradas disposiciones, ha estimulado con extraordinaria eficacia la organización y el funcionamiento de muchos de los Arzobispos dependientes del Patriarcado Ecuménico: el de Norte y Sur América, el de Francia, el de Inglaterra, el de Europa Central y el de Australia, principalmente; y ha creado otros nuevos, como el de los Países bajos, el de los Países Escandinavos y el de Nueva Zelanda.

En unión del Santo sínodo del Patriarcado, que él presidía, ha canonizado a varios Santos, entre los que destacan San Nectario de Egina y San Nicodemo el Agiorita.

Ha logrado de la hermana Iglesia Católica Romana la devolución al Oriente Ortodoxo de sagradas reliquias de incalculable valor religioso e histórico, que en su mayor parte nos habían sido robadas por las hordas saqueadoras de los " cruzados", de siniestra memoria, durante la Edad Media: las sagradas reliquias o restos mortales del Apóstol San Andrés, hermano del Apóstol San Pedro y fundador de la Sede de Constantinopla (bizancio ); de san Tito, discípulo del Apóstol San Pablo y primer Obispo de Creta; de san Isidro de san Saba, y parte de las reliquias de San Nicolás. También ha logrado de la hermana Iglesia Romana el cese de toda labor proselitista en el seno de pueblos Ortodoxos.

Ha fundado muy importantes nuevos centros eclesiásticos, como el Instituto o Centro Patriarcal en Ginebra, Suiza; el monasterio Panortodoxo de taizé en Francia; el Departamento del patriarcado Ecuménico en el Consejo Mundial de Iglesias y la Casa de Ediciones del Patriarcado, que entre otras publicaciones edita la Revista " Teología" y el periódico "Apóstoles Andreas " (al presente clausurado por las "autoridades " turcas ).

La hermana muerte llegó a él a los 86 años de edad, en perfecta plenitud de facultades y de actividad religiosa, eclesiástica, diplomática, cultural y filantrópica. Al sentirse llamado por el Señor, canceló un planeado viaje a Viena para una intervención quirúrgica, diciendo: "es para el otro gran viaje que debo prepararme ahora ";confesó, despidiéndose paternalmente de todos, recibió con su característica unción los santos Sacramentos y, absorbiéndose en oración, sumergióse en él coma final.

Patriarca y Etnarca, profeta y vidente, monje y asceta, teósofo y humanista, sencillo en su grandeza, imponente en su simplicidad, la carismática personalidad de Atenágoras I sólo podría ser descrita por la pluma de Shakespeare, o expresada por las armonías de bach, o por el cíncel de Miguel Angel, o por la serena grandiosidad de Tolstoy, o por el realismo de katzanzakis.

Fue un gigante que impulso el amor con la fuerza avasalladora y definitiva de su fe. Su última frase profética, que resuena todavía en nuestros oídos y cada vez mas en nuestras conciencias, expresa y resume su sentido de la vida, su visión del mundo, su vivencia del Evangelio, su identificación con Cristo: " El Cristianismo es religión de amor, y el amor llegará a ser la única religión de la humanidad.

 

Mi Arzobispo Athenagoras, me suele comentar la forma emotiva como le recibió el Santísimo Patriarca cuando siendo aun un adolescente abandono los Estados Unidos y se fue en búsqueda de la realización de su vocación en Constantinopla.

 

Debo preguntar mucho a mi Arzobispo que me quiera contar para saber mas aun del pionero de este acercamiento, el cual debe posesionar mas y mas la necesidad de la búsqueda de la unidad pero ella sobre la base de llegar a la verdad y para ello se debe retornar a los tiempos en que la iglesia era indivisa y además ya habiendo importantes acuerdos entre los Ortodoxos y monofisitas que han descubierto que las diferencias son terminológicas, consolidar lo mas rápido posible este acercamiento de la cristiandad que está perdiendo terreno frente a otros credos u expresiones de fe.

 

POR AHORA DEBEMOS REPETIR LO QUE DICE LA SANTA LITURGIA DE BIZANTINA:

 

 “POR LA PAZ DEL MUNDO ENTERO, LA ESTABILIDAD DE LAS SANTAS IGLESIAS DE DIOS Y LA UNION DE TODOS, ROGUEMOS AL SEÑOR”

 

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*Autor: Archimandrita Timoteo (Torres Esquivel) 

*Canciller del Arzobispo ATENÁGORAS del Arzobispado

Ortodoxo de Constantinopla en Mexico  

*Editadso y revisado por: padre Arcipreste Juan Bautista(Vásquez)