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EL ESPÍRITU SANTO Y PENTECOSTÉS.



Lic. Juan José Jaramillo S.
Orthodox Church in América.
Edición: Padre Juan Bautista Vásquez

 

Como todas las fiestas judías, Pentecostés fue, en su inicio, una celebración relacionada con acontecimientos naturales, precisamente la fiesta de la siega. En el mes de mayo (tercer mes del año según el calendario hebreo) las cosechas de cereales alcanzan su madurez en Palestina. Por entonces, los files peregrinan a Jerusalén para ofrecer a Dios en el Templo las primicias de la cosecha y manifestar su alegría y gratitud. Pentecostés significa algo así como cincuenta, porque se celebra después de una semana de semanas (7X7= 49 días después de la Pascua.) A esos cuarenta y nueve días se añade otro, símbolo de la plenitud mesiánica del día octavo o día del Mesías, y hacen cincuenta. (Dt. 16, 9-12).
Con el correr del tiempo Pentecostés deja de ser un rito vinculado con la naturaleza y pasa a ser el recuerdo de día en que Dios entregó la Torah a Israel en el Sinaí, uniéndose a la Pascua. Los judíos recordaban cómo Moisés ascendió al Sinaí para buscar las
tablas de la Ley y cómo al ser promulgada todos escucharon sus palabras como una sola palabra. Esto es aplicado a Jesús, que asciende al Padre para dar la Promesa Eterna, el Espíritu, la Nueva Ley grabada en los corazones de sus fieles. Precisamente con el
relato de Pentecostés quiere decir Lucas que se inaugura la era mesiánica con el Espíritu para todos. La Iglesia antigua de los Padres apostólicos, tenía esta fiesta en tal estima que hasta prohibía a los cristianos ayunar y ponerse de rodillas.

Para los cristianos el Espíritu Santo no es un tratado doctrinal gélido y petrificado, sino el mismo Dios en acción.
En el Antiguo testamento, el espíritu aparece como la "RKwh" ("ruaj"), que significa aire en movimiento, viento, soplo, aliento, tormenta. El Espíritu es el aliento que infunde vida y sin el cual el ser humano permanecería espiritualmente inerte. Es un misterioso
viento divino que el hombre no puede domesticar ni manipular (Jn. 3, 8).

El Espíritu (ruaj) no es una cualidad natural del ser humano que esté en él, como un enclave oculto en su cuerpo, eso en hebreo se dice  "Nkvrwsl" ("Nephesh"), que significa alma, vida.  "Ruaj" es lo sobrenatural, pertenece a Dios, puede estar en la persona, pero de prestado, pues el hombre no manda en la ruaj.

Es importante mencionar que "ruaj" es un adjetivo femenino, donde da a entender una acción creativa y vivificadora, como confirman (Gen. 2, 7 ; Sal. 104, 29ss. ; Job. 34, 14 )  La ruaj de los seres vivos (Gen. 6, 17 ; 7, 15-22 ; Num. 16, 22) depende permanentemente de la Ruaj creadora de Dios (Is. 40, 6-8). "Escondes el rostro y se espantan, les retiras tu aliento (ruaj) y los recreas y renuevas la faz de la tierra" (Sal. 140, 29-30). La inclinación del soplo (ruaj) de Dios hace que toda la creación levante sus ojos a Él.  

El "Espíritu del Señor"  es esa apertura mutua entre Dios y su mundo, pero sin olvidar que es una energía que puede dominar a las personas desde dentro y desde fuera, pero que no forma parte integral suya. El espíritu es como un huracán que penetra los desiertos y aúlla a través de los bosques (Is. 40, 7). Lo trascendente no se puede domesticar, por eso penetra en nuestras mentes de forma perturbadora y misteriosa.

 La Ruaj es pues,  el Poder Creador y Vivificador de Dios. "La Ruaj de Señor empollaba las aguas del abismo..." (Gen. 1, 2)  La fuerza de Dios sobre el caos empolla vida como un paloma incuba su nido. "Por la palabra del Señor fueron creados los cielos; por el aliento (ruaj) de su boca fue creado todo su ejército". (Sal. 33, 6)

A través de Moisés se pretende institucionalizar el Espíritu que se deposita en los setenta ancianos (Num. 11, 25), pero siempre surgen profetas en los que reposa el Espíritu carismático de poder (Os. 9, 7 ; Miq. 3, 8 ; Is. 11, 1-5 ; 30, 1 ; 31, 3 ; 48, 16 ; Zac. 7, 12 ; Ez. 11, 24-25 ; 3, 14 ; 37, 1 ; 8, 3; ) Sin embargo, con el correr del tiempo, Dios deposita su Espíritu sobre su siervo (Is. 42, 1) y su ruaj descansa sobre su ungido (Is.61, 1). Más aún, el derramamiento del Espíritu sobre todo Israel prometido (Ezequiel 39, 29)
En Isaías 59, 21  se entiende  como un Don permanente y en Joel 3,1 como un carisma profético. Todavía en El antiguo Testamento uno tenía que ser un personaje
extraordinario para poseer el Espíritu de Dios. Había que ser
profeta, estadista, rey, sabio o artista. (Prv. 1, 23 ; Ex. 31, 3).

Por supuesto que Dios había dicho: "Mi Espíritu estará en medio de vosotros" , pero esto se le decía al pueblo como un todo, no a cada sujeto en particular. Sin embargo, la característica del tiempo mesiánico es el Espíritu dada a todos: " Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre todo mortal y profetizarán vuestros hijos e hijas; vuestros ancianos soñarán sueños y vuestros jóvenes verán visiones. Y también los esclavos y esclavas." (Jl. 3, 1-2) Ese día se describe como una Nueva Alianza, un nuevo gobierno de
Dios, donde Él colocará su espíritu en el pecho de cada individuo, desde el más pequeño hasta el más grande (Jr. 31, 31 - 34). La Alianza ya no estaría escrita en tablas de piedra, sino en cada corazón, se acabaría el "tu debes"  y se daría paso al "tu puedes" Dios daría su espíritu a través de su ungido, el Mesías, capacitándole para ser un buen pastor, que sería el Rey perfecto que inauguraría el reinado de Dios y sobre quien descansaría plenamente el espíritu (Is. 11, 2).

"Mirad a mi siervo a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre Él he puesto mi Espíritu, para que promueva el derecho en las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha humeante no la apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra, y en su ley que esperan las islas". (Is. 42, 1-4) Finalmente el capítulo 61 de Isaías describe al futuro Mesías con la imagen que Jesús escogió para darse a conocer como tal: "El Espíritu del Señor descansa sobre mí, pues el Señor me ha ungido; me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres, a curar los corazones desgarrados, a anunciar la liberación de los cautivos y a los prisioneros: La libertad!" (Lc. 4, 16 – 21).

El término  "Pneu)ma"("Espíritu") se opone a que de una definición que lo fije , pues continuamente está asociado a la incalculabilidad, es siempre un extraño, pues es la presencia actuante de Dios mismo, un poder indeterminado. Esa Ruaj crea y vivifica la creación, suscita y dirige a los personajes carismáticos, descansa  sobre los reyes y especialmente descansará sobre el ungido final, sobre el Rey de los reyes, sobre el Mesías - Cristo, para derramarse luego sobre todo el Pueblo de Dios como una ley interiorizada que los hará capaces de profetizar y alabar a Dios en lenguas extrañas.
A través del Espíritu, Dios habita en el ser humano, sufriendo con él, poniéndose triste y ensordecido y acompañando al hombre incluso en su extravío, llenándolo de impulsos y anhelos por lo Absoluto. A través del espíritu, Dios renuncia a su invulnerabilidad y se hace capaz de sufrir con el ser humano, viviendo en él.  "El soplo de Dios me hizo, el aliento (Espíritu) del Todopoderoso me dio vida."  (Job 33, 4).
De ahí que toda experiencia de una criatura del Espíritu sea también experiencia del mismo espíritu. De ahí la frase de San Agustín: "Interior intimo meo" y la de Calvino: "Fons vitae" . Es lo infinito en lo infinito, lo eterno en lo temporal y lo imperecedero en lo perecedero. Por el Espíritu Dios ama a su creación y está unido con cada una de sus criaturas apasionadamente. Dios ama la vida  a través de esa fuerza vital que es su constante auto donación. Esto es un misterio, pues supone un vaciamiento de sí por parte de Dios, que acepta el riesgo de habitar en sus criaturas. Cuando una de ellas se aparta del Amor se vuelve angustiada, destructiva, agresiva y egoísta. Entonces Dios es herido pero no abandona a los perdidos: Sufre en las víctimas y padece tormento en los verdugos. Acompaña a los que se arrepienten en su proceso de regreso a Él, los lleva de la mano y los guía en su camino de DEIFICACIÓN  ("Qeo(sij"); (Theósis) es decir, en ese seguir el mandato de Cristo al aceptar su invitación a "Ser perfectos como Nuestro Padre Celestial es perfecto"   y así; reunificarnos con Dios.

En los momentos de dolor o angustia, en los de plenitud y bienaventuranza, cuando creemos que no hay fe, también el Espíritu de Dios peregrina con nosotros, descansando en nosotros, reconciliándonos con nosotros mismos y con la realidad de Dios.  Y así como Francisco de Asís, podamos ver también al Espíritu en las demás personas y criaturas, esperando la unificación de toda la naturaleza con Dios, ansiando el amor en el que nos olvidamos de nosotros mismos, y al mismo tiempo nos encontramos.  Entonces
podemos vislumbrar a Dios en cada circunstancia y criatura, pues experimentamos que en ellas Dios espera nuestro amor.

Ahora bien, toda esta manera de entender el Espíritu en el Antiguo Testamento,

¿Tiene algo que ver con la tercera persona de la Santísima Trinidad?  Claro que no, pues ésta es una revelación de la Nueva Alianza que se verá en Jesús de Nazaret. Con él se inaugura la nueva era Mesiánica o del Espíritu. Jesús es concebido por el Espíritu (Lc. 1, 35), pues su origen no es el davidismo de José, sino una realidad completamente nueva, del Espíritu.
Dios unge con el Espíritu a Jesús en el Jordán, convirtiéndolo en el Mesías que traerá el Reino. Con el envío del Hijo por el Padre recibimos la filiación y el Espíritu (Gál. 4, 4-6). Jesús será el Hijo del Hombre que coma con los pecadores y les proponga el Perdón
Divino y la solidaridad humana. "A Jesús de Nazaret lo ungió Dios con el Espíritu Santo y poder"  (Hch. 10, 38)  El Espíritu es el dedo de Dios por el que Jesús echa los demonios y trae el reino (Lc. 11, 20 ; Mt. 12, 28) .

El Espíritu es la fuerza y la energía de Dios que crea, que sana y que levanta al caído y resucita. "Ese poder de Dios le hacía curar"  (Lc. 5, 17) El poder de Dios acababa con los príncipes del mal, los causantes y favorecedores de tanta esclavitud y sufrimiento humano.
El dedo de Dios tocaba las heridas y curaba, tocaba a los enfermos y recobraban su alegría y su libertad. De esa fuerza dijo Jesús que serían revestidos sus apóstoles y discípulos (Hch.1, 8 ; 4, 31). De ese modo ellos quedan llenos de Dios y pueden anunciar con valentía el mensaje de la buena noticia del Reino, el Evangelio, que era "una demostración de la fuerza del Espíritu" (1 Cor. 2, 4) Evangelio que se extendía como "una fuerza exuberante del Espíritu"  (1 Tes. 1, 5). Ese Espíritu es el Amor, lo más fuerte que hay de Dios derramado en nuestros corazones.

Jesús no fue impulsado transitoriamente por ese Espíritu como otros antiguos profetas, sino que es llevado siempre en el Espíritu (Lc. 4, 1-14).

En el evangelio de San Juan, es donde aparece claramente el Espíritu Santo como Dios y a la vez distinto del Padre y del Hijo:  "Os aseguro que os conviene que me vaya, porque si  no me fuese, el Paráclito (asistente, sustentador, velador, abogado) no vendría a
vosotros; pero si me voy, os lo enviaré" (Jn. 16, 7). En una palabra, a través del Espíritu, Jesús se impartirá a sí mismo en el corazón de sus Discípulos y Amigos, sin las limitaciones del espacio y el tiempo.

También aparece en la Escritura el término "Otro" , que lo diferencia de Jesús, pero, a la vez, hace presente al cristo glorificado de la fe (1 Co. 15, 45)."el que se une al Señor, se hace un Espíritu con Él"  (1 Co. 6, 17) "Si el Espíritu de Dios habita en vosotros... Si Cristo está en vosotros... para que seáis fortalecidos en vuestro interior por su espíritu y Cristo haga su hogar en vuestros corazones"  (Rom. 8, 9-10 ; Ef. 3, 14-17) "Quien me ama guardará mi mensaje, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él"  (Jn. 14, 23) ¡Qué humilde es el Espíritu! Viene a dar testimonio de Jesús y del Padre; sucede como decía el teólogo Yves Congar:  "El Espíritu es la persona sin rostro". En el Evangelio de San Juan, el Espíritu permanece perpetuamente sobre Jesús (Jn 1, 32-33) y Él es quien "bautiza con  Espíritu santo", pues lo entrega en la cruz (Jn 19,30), desde arriba (Jn 3,3-7), al ser glorificado, estando disponible a partir de entonces (Jn 7,39). El Espíritu también aparece, pues, en la muerte de Jesús: "La sangre del Mesias, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha" (Heb 9,13-14). En definitiva,  a Jesús "Dios no le da el Espíritu por medida" (Jn 3,34), sino que "el Padre ama al Hijo y todo lo pone en sus manos"   (Jn 3,35). "En cuanto a vosotros, no necesitáis que nadie os enseñe, pues la unción ( "crisma", el Espíritu que ungió a Jesús) que habéis recibido de Él permanece en vosotros." (Jn. 2, 27). 

Por cierto, el Evangelio de Juan afirma rotundamente la personalidad del Espíritu Santo, ya que, expresamente, quebranta las reglas del griego para referirse a "él"  "Pneu¿ma", (Pneúma) es una palabra neutra en griego, pero el texto dice: "Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad" (Jn. 16, 13) utilizando un pronombre masculino, pues, "Ekei¿noj" (ekínos) significa aquél; con énfasis; y esto no es un mero recurso literario.

A partir de Jesús, el Espíritu es visto como una persona, el "Otro Paráclito" , aunque todavía el Nuevo Testamento no se interesa en definir la dogmática trinitaria, aunque ya empiece a señalarla (Mt. 28, 19) . El espíritu, por último, resucitará a Jesús (Rom. 1, 4),
quien, "después que Él fue exaltado a la Diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo lo ha derramado"(Hech. 2, 33). Lo derramó en la fiesta de Pentecostés cuando celebraban los judíos la entrega de la Torá en en el Sinaí.

Contaba la tradición rabínica que cuando se entregó la Ley, todo el decálogo fue promulgado como un único sonido, pese a lo cual "todo el Pueblo percibió la voces"  (Ex. 20, 18). Para los judíos había 70 pueblos en el mundo y cada pueblo recibió la Ley en su propio idioma. Lucas se basa en este hecho, para configurar el episodio de Pentecostés, donde la sobrecogedora experiencia del Espíritu, inesperada y abrumadora, inaugura la Comunidad. Así, "todas las naciones bajo el Cielo"  Presentes en los peregrinos de la Fiesta, escucharon la Nueva Torah, la Ley de Dios grabada ahora en los corazones y NO en las tablas de piedra. Esto sería lo opuesto a la maldición de Babel. (Gen. 11, 9),  donde se deshizo la comunicación humana en la confusión de lenguas. Ahora solo hay un mensaje para todos y está inspirado por el espíritu, grabado a fuego en el corazón.

A partir del Espíritu se organiza la misión cristiana, que NO es iniciativa de Pedro, Juan, Santiago, Pablo o Bernabé, sino obra del Espíritu que la compuso.

¿Qué hace el Espíritu en el Cristiano?
El Espíritu consagra, no en vano en el Espíritu "Santo", es decir, santificador. Somos "elegidos según la presencia de Dios Padre para la consagración del Espíritu" (1 P. 1,2).
El Espíritu hace real a Cristo dentro de nosotros, produciendo sus rasgos, abonando sus frutos y desarrollando los carismas para el bien de la Iglesia. "Y sabemos que (Dios) permanece en nosotros por el Espíritu que nos ha dado" ( 1 Jn.3, 24).  "reconocemos que está en nosotros y nosotros en Él, en que nos ha dado a participar de su Espíritu"(1 Jn.4, 13). Ese mismo Espíritu nos lo va enseñando todo. (1 Jn. 2, 20 – 27 ), dando    
 "testimonio nuestro espíritu de que somos hijos de Dios"  (Rom. 8, 16) Y dándonos fuerzas para no pecar  ( 1 Jn. 3, 9).  El espíritu es el "Sello" de Dios (Ef. 1, 13; 2 Cor. 1, 22) ; es como una marca que indica la firma del dueño.

Es también las "Arras" (Ef. 1, 14;  2 Cor. 1, 22; 5, 5) ,  que es un término que usaban los griegos para los negocios y que significa el "Anticipo" ; de modo que el Espíritu es la prenda de la Eternidad, la primera bendición, la inhabitación Divina que hará posible la glorificación total del ser (Rom. 8, 10 – 11) .  Otro término para referirse al Espíritu es "Primicias", que era una expresión agrícola. Si los primeros frutos eran buenos, la cosecha
también lo sería. El Espíritu es el mejor regalo de Dios, "La  Promesa" con artículo totalizante, pues es el mismo procesado y dispensado para vivir dentro de los suyos. Y este Don NO es solo para unos pocos privilegiados, sino para TODOS. El Apóstol, pide la
iluminación interior "para que sepáis" (Ef. 1, 18), para que tengamos conocimiento de los hechos Divinos. "¿No sabéis que sois Templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? "  (1 Cor. 3, 16) y "ese tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que su fuerza superior procede de Dios y no de nosotros"  (2 Cor. 4, 7). 

El Espíritu es siempre Espíritu Vivificante, Señor de Vida. (Rom. 8, 1 – 2 )  que hace posible la Nueva creación o humanidad y que nos va metamorfoseando "Qeo¿sij" (Theósis)  "a su imagen de gloria en Gloria" (2 Cor. 3, 18). Pablo dice claramente que los creyentes somos vasos, (Rom. 9, 21 – 23;  2 Cor. 4, 7) Los vasos son recipientes que contienen. Así, pues, nosotros somos vasos que contienen a Dios. El ser humano es un recipiente de Dios.
El hombre tiene "espíritu", que es metafóricamente hablando como un órgano receptor de Dios (Cor. 32, 8;  Zac. 12, 1;  Prov. 20 – 27). Solamente nuestro espíritu puede ser morada del Espíritu Santo. Sólo nuestro espíritu puede contener al Espíritu. Pablo dijo: "El Señor
esté con tu espírutu" (2Tim. 4, 22) y dijo también que: "El Señor es el Espíritu" (2 Cor. 3, 17; 1 Cor. 15, 45).

El Ser del hombre se compone de "espíritu, alma y cuerpo" (1 Tes.5, 23). Tenemos nuestro cuerpo físico con el que nos relacionamos con el entorno, tenemos el alma "Vida Psíquica" por la que somos autoconscientes y tenemos también el espíritu en lo más íntimo.(1 Ped. 3, 4) Por el que somos conscientes del Absoluto; de Dios.

El Espíritu es diferente al Alma (Heb. 4, 12) ,  hasta donde se extiende en tanto llega la glorificación del cuerpo (Rom. 8, 10 –11).El instinto de la carne combate contra el espíritu y son tan opuestos que no nos permite hacer lo que quisiéramos (Gal. 5, 17). La carne es nuestro ser mortal y frágil, corrupto e incluso contaminado y transmutado por la acción del pecado. La carne es, pues, la naturaleza humana, pecadora e incapaz de salvarse y agradar a Dios. "De la carne nace carne"  dijo Jesús a Nicodemo.

Sólo el Espíritu produce Espíritu. "Yo se que en mí, esto es en mi carne, no habita el bien"  (Rom. 7, 18).  El hombre caído es totalmente carne.
Por eso dice Pablo que hay que crucificarla (Gal. 5, 24). La carne no tiene arreglo y la única solución para superar el estado de carne (Filip. 3, 3) es elevarse hasta el estado de espíritu (Rom. 8, 1-2). La carne es irrecuperable y Dios va a dejarla donde está. La única
solución para tratar con la carne es volvernos a nuestro espíritu, donde está el Espíritu Santo, Dios que nos inhabita (Gál. 2, 20; Jn. 14, 16-20; Ef. 3, 16-17). Por medio pues de la "Qeo¿sij",  nuestro espíritu se vuelve una nueva Betel, el tercer cielo, el trono de
gracia, el lugar más fantástico del universo. Así se vence a la carne (Gál. 5, 16-17). Cuando estamos en el espíritu es como si estuviésemos en los cielos, pues nuestro espíritu es la puerta del cielo (Gen. 28, 17;  Ef. 2, 21),  la verdadera Betel, la casa de Dios, el lugar santísimo (Heb. 10, 22) y el trono de gracia (Heb. 4, 16).
Ahí es donde hay que invocar a Cristo, como hacen los monjes orientales, como el corazón y con la boca (Rom. 10, 8-13). Invocar es gritar, saborear, gustar, paladear el nombre del Señor, que significa la Persona del Señor.  "El Señor es Rico, con todos los que lo invocan" (Rom. 10, 12).  ¡Cristo es tan rico! Pablo pedía esa experiencia para todos los cristianos (Ef. 3, 14-21).  Es como una borrachera (Ef. 5, 18-20). El Espíritu es esa agua de Vida, que
todos debemos beber (Jn. 4, 14;  7, 37-39;  1Cor. 12, 13;  3, 2).  Esa fuerza espiritual también nos impulsa a orar (Rom. 8, 26-27) y a llamar a Dios "PADRE!". Pablo habla de "gemidos inefables" (Rom. 8, 26-27) y de "hablar en lenguas"  (1 Cor. 12, 10) ,  que son
oraciones desde lo profundo del ser, pues el ser humano no es solo conciencia y razón como ha demostrado la psicología profunda.

El Espíritu es el Creador de la "Koinoni¿a" (Kinonía, comunión, solidaridad, compañerismo) (2 Cor. 13, 14; Filip. 2, 1; Hech. 2, 42).  "Esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; uno es el cuerpo y uno el Espíritu"  (Ef. 4, 3-4).  El Espíritu es también el inspirador de la Biblia, las Escrituras cristianas (Mc. 12, 36;  Hech. 1, 16;  4, 25; 2 Tim. 3, 16;  2 Ped. 1, 20ss).  En este último texto se nos dice que la profecía viene de Dios y NO de las ideas personales del profeta. La metáfora del texto griego es magnífica, pues sugiere la idea de un barco que despliega sus velas al viento para que éste lo conduzca en la dirección que quiera. De ese modo, los escritores NO fueron autómatas, sino, personas de su tiempo, con sus respectivos trasfondos y mentalidades culturales.

Para los cristianos, "El Señor es el Espíritu y donde está el Espíritu del Señor; allí hay Libertad" (2 Cor. 3, 17), de hay la sinonimia paulina de: "Estar en el Espíritu" y "Estar en Cristo". Ahora bien, el Nuevo Testamento NO está interesado en explicar el misterio de la Santísima Trinidad, sino que quiere que los fieles experimenten a Dios, en el Hijo por el Espíritu.  Ese "Pneu¿ma"  (Pneúma) Libera, consagra, da carismas, es testigo, inhabita, planifica, intercede, revela, inspira, habla y guía.En definitiva, hace demasiadas cosas personales, y llega a estar unido al Padre y al Hijo (2 Cor. 13, 13;  Mt. 28, 19).

 La expresión: "El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido..."  (Hech.15, 28) es algo más que una personificación literaria y "Mentir al Espíritu Santo"  (Hech. 5, 3)  es lo mismo que  "mentir a Dios"  (Hech. 5, 4). Así pues, podemos llamar al Espíritu Santo "Señor
vivificante" , como dice el credo que "Debe ser juntamente adorado y glorificado".

¡Qué hondura y profundidad la de Dios!
Dios es más profundo que todas las cosas, que los océanos, que el Universo, más alto que el cielo y más hondo que el abismo, qué hay más allá? Si no fuera porque Él se nos ha revelado por medio del Espíritu que lo sondea y conoce todo, incluso las profundidades de
Dios...Nadie conoce lo propio de Dios, ni siquiera el más sabio de los teólogos, ni el más Santo de los padres espirituales, sino es el Espíritu de Dios, ahora bien, nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu de Dios, que nos hace contemplar (a
veces) que Dios es Bondadoso, y Misericordioso y que nos ha hecho innumerables regalos.


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